martes, 20 de febrero de 2007

Segunda despedida

Incomprendidas fueron sus últimas palabras, su mente se negaba a aceptar que la estaba perdiendo por segunda vez y trató de trivializar la situación con una sonrisa, inútil esfuerzo, la realidad se le vino encima tan bruscamente como el frío penetrante que perforó su espalda apenas comprendió la magnitud de la decisión que ella había tomado, nuevamente lo estaba relegando de su vida, por segunda vez le decía un adiós en vez de un adiosito, y a pesar de ser la segunda era más chocante que la primera porque al menos luego de la primera quedaba la dicha de que seguiría visitándola y compartiendo con ella algunos momentos de su vida, pero esta vez era distinto, simple y sencillamente significaba que no podría visitarla y esto era algo que aún no podía ni quería asimilar porque el último año había tenido sentido solo por ella y si su vida estaba cobrando nuevamente consistencia y realidad era por sus palabras y por su apoyo, nada lo aterrorizaba tanto como el pensar que al desaparecer ella de su vida, todo desapareciera junto a ella.

domingo, 7 de enero de 2007

La noche de mañana

Mientras me revuelvo lo más silenciosamente posible en mi cama leyendo a Bryce Echenique, me viene el recuerdo de una Tere Mancini que me imagino tener a poco más de una cuadra de distancia, estará durmiendo supongo inocentemente, porque al pensar en tí hay que hacerlo con inocencia, escucho pasos en el patio junto a mi cuarto, falsa alarma, (supongo que si me encontraran a las tres y media de la mañana despierto con un libro bajo los ojos me llamarían la atención con frases como: "Mañana tienes que ir a estudiar", "Te estás matando la vista leyendo hasta tan tarde", "Mañana vas a ir cansado a la academia" y muchas más que ya no recuerdo porque hace mucho tiempo que fue la última vez que me encontraron leyendo un libro de madrugada, no porque no leyera sino porque me mudé de cuarto a uno más lejano al de mis padres), sujeto el libro con ansias y me vuelvo a internar en el mundo del Country Club, del hotel Los Ángeles y en el mundo de mi Tere Mancini que en este caso se llama Diana Guerrero, yo era cerveza helada y tú champagne francés y a mi que diablos me interesa Tere Atkins, yo sólo quiero a Diana Mancini, miro mi reloj, el cansancio en la vista me hace demorarme tres segundos en descifrar la hora en la hermosa corona de mi reloj (buen gusto el de mi padre, seguramente si hubiese sido yo él que me hubiese elegido exactamente el mismo reloj no hubiese sido igual de lindo, igual de envidiado), comprendo entre sueños que hay un libro bajo mi espalda y un reloj en mi muñeca pero ya falta poco para levantarse y tú tienes la suerte de poder dormir un poco más que yo, aunque gustosamente te cedería cada noche las pocas horas que le dedico al sueño para que tú puedas dormir un poco más, tan bien que te sienta dormir bastante, (en realidad te sienta bien todo lo que hagas) así tambien podría leer un poco más y también dormir un poco más en clase y creo que un poco más de todo no hace daño verdad, saco el libro de debajo de mi espalda y lo tiro al suelo, total, falta poco, poquísimo en realidad para volver a recogerlo, y tú estás durmiendo sin poder escuchar todo lo que no puedo decirte ni ahora ni en las tardes que converso contigo, buenas noches mi amor, duerme todo lo que yo no he podido, recordándote y recordando a Tere Mancini, la cual casualmente me recuerda insanamente a tí.

Un miércoles de viernes en pleno domingo

Casi llegué a pensar que me había equivocado, pero fue inútil refugiarme en esa idea, ya estabas deteniendo tu simpático caminar (aunque he de decir que hubo un tiempo en que no me gustaba para nada) y retrocediendo para que yo te de alcance, comprendí inmediatamente tu propósito y crucé la avenida, estabas lindísima aunque sobra decirlo; yo, he de aceptarlo, aún cargaba encima los efectos del vaso de pisco que acababa de tomarme hace quince minutos y casi cometo la locura de besarte en los labios (no imaginas cuanto autocontrol tuve que ejercer para no hacerlo) he de decir que me fue casi irresistible verte así de linda y después de una semana y en pleno domingo de un miércoles de viernes, te pregunte que hacías, tu respuesta me abrió una puerta que yo había cerrado desde el comienzo, y pues no podía creer que estaba haciendo lo que generalmente hago a solas, conversaba contigo un día que yo suponía el más desgraciado de toda la semana, tú sabías bien que me refería a las tardes del domingo, conversamos y conversamos, fuimos a la puerta de tu casa a avisar a tu madre que estabas conmigo para que no se preocupara por el hecho de que su preciosa hija no regresara de comprarse algún dulce, y contra todo pronóstico seguimos conversando, seguimos a pesar de que tu tía paso frente a nosotros tres veces y a la cuarta te llamó e hizo que entres a tu casa, entraste pero me pediste que te esperara un momento, faltaba más (yo te hubiese esperado hasta el 11 de marzo del año pasado si fuese necesario), y volviste a salir y volvimos a retomar la conversación, sinceramente no imaginas mi agradecimiento por este hecho, seguimos con la charla, yo soñaba ingenuamente con no acabar nunca, pero ninguno de los dos había almorzado y llegó la hora de que tuvieses consideración por mí y de que yo comprendiese que estabas teniendo consideración conmigo aunque yo no la quisiese y a pesar de saber que hubiese mandado bien lejos mi almuerzo porque era el culpable de la consideración que me estabas teniendo y por la cual te estabas despidiendo de mí, acepte el hecho y pues nos despedimos, yo tambien tenía que tener consideración contigo, eran casi las seis de la tarde y no habías almorzado, contra mi voluntad y con toda tu consideración diciendome adiós, tuve que decirte adios, pero me olvide de decirte dos frases y de pensar una en el mismo momento que cruzabas la puerta de tu casa regalándome un adiós con la mano: Cuidate mucho, Adios, y Te quiero mucho.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Dos horas para diez minutos

Sé que a veces me río de tonterias, más que nada para ocultarme a mi mismo las ganas de llorar que me invaden al notar cuanto has cambiado, tal vez debí poner más atención en que tu mirada ya no era para mí, y tu sonrisa congelaba a la mía, sé que fui un tonto al seguir pensando en nosotros, prometo que voy a intentar hacer todo lo posible porque no vuelva a suceder, voy a intentar tener siempre presente lo que me enseñaste: "Nada en esta vida es para siempre", y aunque estoy seguro que mi amor por tí hubiese sido por siempre si así me lo hubieses pedido, ahora sé que no me lo hubieses pedido así hubiese sido por siempre, suena mal, tal vez, sólo tal vez no sea cierto, pero no sé, por ahora no lo sé, y creo que tampoco deseo saberlo, me siento estúpido al buscar en las matemáticas calor de pareja, al intentar dedicarle a la programación versos de amor, pero pues así es mi vida desde que no estás tú y aunque parezca ilógico, así quiero que siga siendo, sólo espero no morir en el intento.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Tardes no muy tardes

Aquella vez que pasé por ahí, casi de casualidad, sólo pensé en que iba a regresar a ese lugar junto a ti, tú sabes que siempre fui fanático de los árboles y del césped (bueno, fanático de estar recostado sobre el césped al pie de un árbol), camine buscando alguna parte alejada de todo lo cercano, pasé por aquel estanque donde te dije que había un pez que sólo saltaba para mí (no sé si me creíste o no), seguí derecho, llegué a la ¿pileta? enorme, que en ese momento no me pareció muy bonita (¿alguna vez te comenté la magia que tienes para cambiar el aspecto las cosas?) y luego avancé hasta aquella parte donde la alfombra verde se extiende de manera más violenta, me pareció el sitio ideal para sentarme contigo y conversar, inspeccioné los alrededores, y me di cuenta de que casi era el final del paseo, era de tarde recuerdo, era Agosto y el frío se dejaba notar nítidamente, aún en ese momento no pude imaginar lo bien que la podíamos pasar rodeados de césped, recuerdo claramente que la tarde fue muriendo entre tus palabras y yo recostado en tus piernas solo podía observar absorto como cambiabas el instante al mandato de una sonrisa (jamás intenté encontrarle explicación a aquello), me aferré a tu mano y mi sonrisa se aferró a tu voz, tú hablabas yo escuchaba y a veces intervenía (por no decir interrumpía), en esos momentos pensaba cómo algunas veces la vida te puede pagar de un porrazo todo lo que te debe sin esperar a Año Nuevo, miraba al cielo y veía tu rostro, algunas veces bajabas la mirada y me mirabas, me sentía como un niño y me avergonzaba porque creía que ya habías descubierto mi pequeño secreto (que desde que conocí a la niña que llevabas dentro, mi vida era tuya), pero no te dabas por enterada, a pesar que ya era de noche yo seguía viendo el cielo de color azul hasta que llegó la hora de regresar, nos levantamos, nos abrazamos y rogué a Dios para que al alcalde de Chorrillos se le ocurriera hacer algo parecido por nuestra casa, aún sigo esperando…

domingo, 26 de noviembre de 2006

Negro sobre azul

Era difícil distinguir el límite entre ambos, durante el día hacían un esfuerzo mutuo por juntar su ser pero la luz no amparaba su complicidad, por esto era que esperaban la noche para poder juntarse en un abrazo tan impetuoso que sólo una vista muy aguda podía definir donde terminaba uno y comenzaba el otro, era hermoso contemplar esa escena que parecía un grito desesperado por continuar así por siempre, una desesperación que comenzaba al encenderse las luces de las calles y finalizaba con el suspiro azulado del cielo, y al admirar esto él sentía más que nunca sobre sí su soledad acompañándolo cada vez que ella no estaba, recibía la gélida brisa que corría por la playa y le respondía con lágrimas al mar recordando todo lo que quería olvidar, viendo como ellos dos seguían envueltos en sus caricias infinitas, en sus besos titánicos, queriendo imitar esa escena con ella a su lado, aunque sabía que todo sería inútil, sólo podía quedarse de pie frente a la orilla observando como el mar y el cielo se declaraban su amor eterno.

Comenzando.. muy tarde

aba Aún recordaba claramente el momento en el cual todo comenzó...

"Eran demasiados días, el simple hecho de contarlos escapaba de su interés pero bueno, eran los días que habia elegido en algún momento, y ella era demasiado, demasiado para él, así lo sentía, se preocupaba, se molestaba, se reía, por momentos lo reprendía, casí siempre con toda la razón de su lado, pero esto era solo a veces, casi siempre después de un fin de semana o un domingo por la tarde, él adoraba esos domingos, el sol moría detrás de las casas tornándose naranja completamente, cuando contemplaba esto solo sentía imperiosamente la necesidad de ella, había llegado a convertirse en su razón, durante el transcurrir de la semana se apegaba fuertemente a su recuerdo, pero durante los domingos que la tenía junto a sí no imaginaba más felicidad que aquella, ella no estaba enterada de todo lo que causaba en él y si lo sabía pues no lo había dado a conocer, y al final de todo, él era feliz así, comiendo su dicha de a poquitos, saboreando siempre la décima parte del helado (a ella le encantaban los helados), casi todos los domingos se veían, casi siempre muy tarde o muy temprano no importaba, él no era muy apegado al reloj y ella lo comprendía aunque no por esto se libraba de una reprimenda, las horas se pasaban entre manos sujetadas y palabras lejanas, el sol que moría en la tarde renacía por la noche en el brillo de sus ojos y a él le gustaba abrasarse en ellos, la conversación tomaba muchos rumbos y era inútil tratar de encaminarla por un lado, y si lo intentaban terminaban confundidos en un beso, eran muy distintos, él gustaba de la música antigua, de vestir formalmente, de pensar siempre el porque de las cosas, ella en cambio siempre le comentaba alguna canción nueva que le gustaba, vestía casual y era práctica en extremo, pero los rasgos que más le llamaban la atención de ella eran su madurez y su inocencia, siempre evitó preguntarse como había adquirido la una y mantenido la otra, como podían convivir dos cualidades que parecían tan opuestas (para madurar hay que perder la inocencia pensaba él), pero contra su naturaleza lo aceptó como un hecho sin buscar explicación, simplemente ella era así y él debía aceptarlo y sentirse agradecido, y esto fue uno de los grandes choques que enfrentó desde que le propuso ser su pareja, otro era su sinceridad, extrema hasta hacerlo llorar de emoción, parecía sacado de una fantasía el hecho de que esa niña le pudiera decir las cosas de la manera que las pensaba o que las sentía, él, acostumbrado a falsear sus palabras, a confundir intencionalmente los hechos, se sentía perplejo ante esto y pensaba que si ella era así y había sido así durante toda su vida (cosa que después comprobó), se estaba arriesgando bastante en este mundo donde el prójimo apuñala al prójimo por el simple placer de hacerlo (muestra viva de esto era él), pero también terminó por aceptarlo como una más de las tantas paradojas de la vida que en ella se conjugaban..."